Aquella mirada

Siempre fue parco en palabras. Era un hombre de hechos, los artificios no iban con él, y quizá eso fue lo que terminó lastrando una vida que apuntaba a best seller en la juventud. Al menos en el running encontró una motivación, una herramienta con la que sentirse libre y en la que era posible dejar de lado los problemas que le generaba la timidez al mismo tiempo que iba añadiendo kilómetros a su corazón.

Pero el running también le puso una prueba en el camino, una prueba en forma de mirada, aquella con la que comenzó a cruzarse un mes de junio y con la que jamás intercambió más de seis segundos a la semana. A razón de dos segundos por cruce de miradas, nunca fue capaz de conseguir más a lo largo de las tres intensas sesiones de carrera en las que solían encontrarse cada semana. Seis segundos que para cualquier mortal resultarían una nimiedad, pero que llenaban de sentido una vida que se movía apenas entre su aburrido puesto de funcionario local y esas escapadas de libertad a un camino de tierra tornado en cielo cada vez que ella aparecía en dirección contraria.

Nunca se dedicaron una sola palabra, jamás hubo algo más allá de esa mirada cómplice que hacía también las veces de saludo, algún gesto tímido con la ceja y, muy de vez en cuando, una mano alzada con más miedo que otra cosa. A él le bastaba, le hacía feliz al mismo tiempo que se atormentaba por no tener las agallas suficientes para detenerse a hablar con la persona que había motivado que jamás cambiase su rutina y que, ni por asomo, se aventurase a tomar un camino diferente.

Una mañana de sábado decidió cambiar. Sabía que ella no era habitual de los fines de semana y optó por tomar el camino hacia la ermita; ya era mayo y el buen tiempo invitaba a subir al monte. Algo que no resultó ser muy original a tenor de la muchedumbre que llenaba por completo el camino hacia esa construcción gótica por la que tanto había jugueteado de pequeño… y es que jamás cambió de ciudad, nunca se lo planteó. Era un tipo sin ambición.

Fue entonces cuando algo llamó su atención, trajes, risas, música… y una mirada. Esa mirada que volvió a cruzarse con él durante otros dos segundos, esta vez sin zapatillas, sin la camiseta de siempre, sin auriculares, pero con un peinado diferente, con zapatos de tacón y con un vestido blanco que terminó por cortarle la respiración. Volvieron a mirarse, a saludarse sin casi hacerlo; como siempre, pero esta vez el comprendió que esa mirada, aquella mirada, jamás sería suya. Lloró y siguió corriendo. Como la vida, como sus sueños.