RUTA DE MAZARIEGOS, 1528-2008 EXPEDICIÓN POR EL SUR DE MÉXICO: TABASCO, CHIAPAS, CAMPECHE, YUCATÁN Y QUINTANA ROO.

Una expedición cultural, científica, histórica y aventurera.

Como es habitual en esta sección de aventura os cuento expediciones en las que he participado, en este caso fue por las selvas menos conocidas de Norteamérica, las selvas de Chiapas y Lacandona en México.

La “Ruta de Mazariegos, 1528-2008”, pretendió desde su origen acercar dos pueblos, dos mundos que estuvieron unidos y a la vez enfrentados, utilizando cultura y ciencia como vías de encuentro. Durante el recorrido, por cinco estados mejicanos, se realizaron un importante estudio medioambiental de aguas superficiales y un análisis comparado de la astronomía Maya con los conocimientos actuales en esta materia.

Los expedicionarios rendimos homenaje a Diego de Mazariegos, conquistador español, muy poco conocido, que llevó a cabo la conquista y colonización de estas remotas y agrestes tierras del Nuevo Mundo a principios del siglo XVI. Natural de Ciudad Real, Mazariegos fundó la Ciudad Real mejicana que hoy toma el nombre de San Cristóbal de las Casas, una joya colonial desconocida y olvidada en el sur profundo de Méjico.

La Sociedad Astronómica y Geográfica de Ciudad Real trató de reivindicar la gesta del conquistador manchego, casi quinientos años después, en una expedición de 17 días estructurados en once etapas con dos partes claramente diferenciadas. La primera, de siete etapas, discurrió por la ruta abierta por el conquistador, tratando de reproducirla fielmente siguiendo crónicas de la época recogidas durante la investigación previa e incluyó la visita a la selva Lacandona, la mejor conservada de América del Norte, que nos proporcionó las evidencias de la naturaleza exuberante que encontraron los españoles hace cinco siglos. En la segunda parte, la expedición se adentró en el mundo maya y sus referentes astronómicos, teniendo como escenarios los distintos enclaves arqueológicos esparcidos por los estados de Campeche, Yucatán y Quintana Roo.

Tras dos años de planificación, contactos con funcionarios y autoridades mejicanas, estudio de documentos históricos, cartografía y trazado de rutas en el Archivo de Indias de Sevilla, la Biblioteca de Castilla-La Mancha en el Alcázar de Toledo, el Archivo Histórico Provincial de Ciudad Real y el Museo Histórico de Tuxla Gutiérrez en Méjico, y la preparación de toda la intendencia necesaria para una viaje de estas dimensiones, trece miembros de la SAGCR:

Filiberto Lara, Julián Sánchez, Oscar Díaz, Jesús Manuel Martín, Antonio Manuel Mogort, Susana de Hita, María Jesús Conde, Héctor Sánchez, Carmen Lage, María del Mar Fernández–Espartero, Laura Lage y María del Carmen Casas, y yo, Manuel José Carpintero como director de expedición, nos embarcamos rumbo al nuevo mundo el 28 de junio. Allí nos esperaban dos socios y buenos amigos mejicanos, Eduardo González y Miguel Ángel Muñoz, quienes habían hecho el trabajo logístico sobre el terreno.

Tras el paso obligado por el Distrito Federal, un vuelo interno nos trasladó a la ciudad de Villahermosa, en el estado de Tabasco, zona pantanosa de clima tropical donde Mazariegos tocó tierra. La bocanada de calor y humedad que nos recibió fue premonitoria de las duras condiciones climáticas que les acompañarían en su periplo.

Fueron necesarias siete horas de viaje, en tres todoterreno, para alcanzar el Cañón del Sumidero, cerca de la ciudad de Tuxtla-Gutiérrez, lugar emblemático de la ruta donde tuvo lugar la batalla más famosa de la conquista: tras una dura refriega entre españoles e indios chiapanecos, estos huyen hacia el cañón donde, cuentan las crónicas, realizaron un suicidio colectivo arrojándose al abismo ante el pánico de caer en manos de extranjeros vestidos de hierro. Fuera así la historia, o no, lo cierto es que este espacio natural sobrecoge en su magnitud y espectacularidad. La vegetación selvática lo envuelve todo; abajo, el profundo y caudaloso río se encajona entre paredes verticales de casi mil metros de altura; arriba, el viento y las nubes peinan las cimas del cañón, y la historia y la memoria de aquellos sucesos crean una atmósfera mágica e irrepetible.

La mediación del organismo gestor de parques naturales de Méjico, CONANP, nos facilitó la posibilidad de pernoctar en el cañón y recorrerlo en su totalidad, hacer un estudio de las aguas con toma de muestras en distintas partes del recorrido y valorar el estado de flora y fauna dentro del parque.

Tratando de encontrar las viejas sendas indígenas, la ruta les condujo a San Fernando de las Ánimas, a cinco horas de marcha, auténtico pueblo Chapaneca de vibrante colorido tropical y vida callejera, donde Mazariegos inició su conquista. Las muchas horas de trabajo previo y los contactos realizados desde España, facilitaron alojamiento, protección (todavía colean los últimos revolucionarios Zapatistas) y la posibilidad de disfrutar del folclore y los platos típicos, en muchos casos de época prehispánica.

La hospitalidad, la alegría, la generosidad de los habitantes y el sonido de las viejas marimbas, dejaron un hondo recuerdo de San Fernando en todos nosotros.

Tras un breve paso por la capital del estado Tuxtla-Gutiérrez visitando su increíble museo etnográfico e histórico, la expedición se dirigió al lugar donde Mazariegos fundó el primer Ciudad Real mejicano: Chiapa de Corzo. Chiapa es hoy una pequeña ciudad colonial con profunda historia. Llaman la atención su monumental fuente mudéjar, en la plaza mayor, estilo insólito en estas tierras que tiene su origen en las manos de los muchos ciudadrealeños que acompañaron a Mazariegos a América y un magnífico convento dominico de finales del siglo XVI, testigo de la tarea evangelizadora llevada a cabo por esta orden. El catolicismo se mezcló con las ancestrales religiones indígenas y ha dado lugar a curiosos cultos entre lo profano y lo sagrado, en los que la superstición se mezcla con la fe y la magia con la liturgia. La huella prehispánica es constante, no sólo en la religión sino en la artesanía, las fiestas o la gastronomía: bebidas como el pozol, servido en jícaras y elaborado con maíz, cacao y agua, dieron prueba de ello.

Este primer enclave para el Ciudad Real mejicano se mostró incómodo e inadecuado por el clima. Las tierras bajas sostenían unas condiciones de temperatura y humedad insufribles y nuestros compatriotas manchegos no tardaron en buscar una ubicación más acorde con el clima peninsular, un enclave en altura, menos insalubre y de clima fresco. Funda así Diego de Mazariegos su segundo Ciudad Real, la Ciudad Real de los españoles, quedando el anterior emplazamiento para los indios. Mazariegos, como Alfonso X, determinó la traza de la nueva ciudad con un sorprendente parecido a la de su ciudad natal. Hoy día recibe el nombre de San Cristóbal de las Casas, capital histórica de la región y siguiente etapa de la expedición, quizá la más deseada por el encuentro que suponía entre dos ciudades hermanas separadas en el tiempo quinientos años y por ser el momento más emblemático de toda la expedición. Las relaciones institucionales fueron excelentes, el ayuntamiento se volcó con la Sociedad y nos agasajó con una recepción oficial y atenciones constantes durante los dos días que permanecieron en la localidad. Dormimos en hotel con ducha, una necesidad a estas alturas de la expedición y, cómo no, también sufrimos el inevitable mal de Moctezuma, la gastroenteritis, propia de organismos no acostumbrados al agua y las comidas de la tierra.

Contar con la presencia de Miguel Ángel Muñoz Luna, socio natural de San Cristóbal y el cronista más joven de todo Méjico, fue todo un lujo ya que pudimos disfrutar de la ciudad en todo su esplendor, recorriendo calles y plazas y conociendo cada rincón ayudados con las historias más increíbles.

San Cristóbal se encuentra rodeado de asentamientos de indígenas que utilizan los mercados y calles de la ciudad para dar salida a productos artesanos y agrícolas. San Juan Chamula y Zinacantán son dos de estos pequeños pueblos. Conservan el modo de vida y las tradiciones seculares. Nos sorprendió a los expedicionarios el surrealista espectáculo que presentaba la parroquia de San Juan, los chamulas custodiaban el templo como una fortaleza dedicada a sus cultos paganos, en convivencia con los católicos. Letanías en lengua chamula acompañaban a grupos de indios que sentados en el suelo, rodeados de velas y hojas de pino, bebían aguarrás combinado con refrescos, en una ceremonia sobrenatural, casi pagana, mientras las imágenes de una corte de santos y vírgenes les observaban desde los altares.

El profundo conocimiento de Miguel Ángel sobre estas costumbres, evitó más de un malentendido ante el recelo demostrado por los fieles.

Cinco siglos de presencia humana, usos agrícolas, carreteras y ciudades, han modificado tan profundamente el paisaje que a los expedicionarios nos costó imaginar la naturaleza y penalidades que afrontó Diego de Mazariegos.

Dejando atrás San Cristóbal, a catorce horas de viaje por caminos infames y territorios casi despoblados, se encuentra la selva Lacandona, región virgen con una de las selvas tropicales mejor conservadas de Norteamérica.

La expedición pretendía conocer la naturaleza primigenia que encontraron los conquistadores y así, la séptima etapa de la ruta discurrió por territorios vírgenes recorridos en lanchas. Los ríos son allí los medios más seguros y rápidos para desplazarse, el ejército controla la zona y aún se producen escaramuzas con los últimos revolucionarios. Paty Robles, guía de la CONANP, nos acompañó todo el recorrido y sirvió de anfitriona en los asentamientos que Natura Mexicana tiene en la zona.

Un peligroso recorrido por el río Lacantún, fuertemente crecido por las lluvias, nos condujo a la Estación Cendales y, desde allí, a una ruta por la selva Lacandona: un dosel de vegetación tropical con árboles de hasta 40 metros de altura cobijo de tapires, monos aulladores, monos araña y del escurridizo jaguar, así como de una espléndida representación vegetal y animal del ecosistema selvático.

Fueron tres jornadas que nos dejó una profunda impresión en los expedicionarios. En la mente, la consciencia de las penalidades que los paisanos, hace 500 años, debieron franquear: el agobio de la humedad y el calor, las constantes lluvias, el acoso de los mosquitos…, fueron su compañía constante, equipados con precarios medios y la incertidumbre del regreso.

El mundo de Diego de Mazariegos quedó atrás, en la selva Lacandona, por delante el mundo maya. El río Usumacinta , el más caudaloso de Méjico, marca la frontera Guatemalteca y nos condujo a las desconocidas ruinas mayas de Bonampak y Yaxchilán, remotos conjuntos arquitectónicos de ciudades mayas perdidos en la selva que conservan las únicas imágenes pictóricas relativas a la vida social maya. Pero quizá más interesante que las magníficas ruinas fue tomar contacto con descendientes puros de la antigua etnia maya. Don Manuel, indio lacandón, nos mostró los modos de cultivo ecológico heredados de sus antepasados, su modo de vida, sin luz ni agua corriente y prácticamente sin conocer el español, nos llevó ochocientos años atrás.

Uno de los objetivos principales de la expedición, el estudio antropológico, se completaba sobre el terreno, con personajes reales.

La llegada a Palenque desconcertó a los expedicionarios, apareció la civilización y con ella el turismo, las ruinas mayas son excepcionales pero había que ir más allá. Con la mediación de miembros de la CONANP, pudimos adentrarnos en la espesura periférica del conjunto monumental, descubrir puentes, canales y acequias de origen maya, y observar las pequeñas colinas que ondulan la selva, que no son otra cosa que templos y palacios enterrados reclamados por la vegetación.

En este punto, los miembros de Parques Naturales nos plantearon una nueva aventura no programada: explorar el paraje en busca del llamado Templo Olvidado, un edificio maya encontrado en 1924 y perdido después al no ser datado su hallazgo. Sin dudarlo aceptamos el reto y nos adentramos en la espesura machete en mano. Tras una dura travesía de humedad y calor, con los mosquitos sin dar tregua, apareció majestuoso el Templo Olvidado, a todos se nos iluminó la mirada, era como descubrir un tesoro al estilo Indiana Jones, nunca olvidaremos ese momento rodeados de cascadas y ruinas mayas, toda una aventura.

Cuando pensabamos descansar en cómodas cabañas en el corazón de la selva, nos dimos cuenta que la noche iba a ser larga, las mosquiteras de las camas tenían más bichos dentro que fuera ya que contaban con innumerables agujeros. Para algunos esa noche fue un sufrimiento ya que, más de una vez, algún que otro bichejo corría por su cara. Después de ver tarántulas más grandes que las de sus peores pesadillas, una larga travesía a través del estado de Campeche nos llevó al Yucatán y tras pernoctar en la hermosa y “caribeña” ciudad de Mérida nos dirigimos a Ekbalam, antigua ciudad maya cuyo poder compitió con el de la no muy lejana Chichén Itzá.