Todo aquel que ha experimentado alguna vez la sensación de cruzar la línea de meta tras correr un maratón sabe que los 42,195 son algo diferente. Se trata de una carrera por supuesto, quizá la carrera con mayúsculas, pero en este caso la historia no va de correr. El maratón es otra cosa. Y, sin dejar de lado la mera realidad de la prueba, en esta crónica vamos a tratar de explicarlo.

Tomemos como piedra de toque la prueba más reciente. El maratón de Lisboa del 15 de octubre; una prueba compleja, dura como pocas y que termina en la capital lusa tras partir desde la localidad de Cascais. Ciñéndonos a la prueba, toca comentar que es un maratón exigente que termina por llevarte al límite con un trazado ‘rompepiernas’ en el que las continuas subidas y bajadas se convierten en el peor compañero de viaje posible para todo aquel atleta con pretensiones de emular a Filípides.

Además de los desniveles, el calor extremo (más de 30 grados) y un viento caprichoso se aliaron para hacer del maratón 2017 de Lisboa una prueba en la que tocaba tirar de épica para poder llegar a la famosa Plaza del Comercio. Todo, aderezado con una preocupante ausencia de público y con unos avituallamientos que ponen en tela de juicio los criterios a seguir para conceder la ‘gold label’ a una carrera de semejante nivel organizativo.

No obstante, esto va de superar obstáculos y los poco más de 4.600 hombres y mujeres (de entre 7.000 inscritos) que finalizaron la prueba bien merecen un reconocimiento. Lisboa no regala nada y en este maratón ha quedado muy claro. En cuanto a los representantes por los que firmo esta crónica, cabe reseñar que no se alcanzaron los tiempos esperados y que la entrada en meta fue de 4:38 para José Luis V. Geanini y Miguel Chaves; representantes de GP PHI Polideportivo que pasearon con todo el orgullo posibles sus camisetas rosas por el trazado portugués. Los detalles… todo bien hasta el kilómetro 26 y desde ahí sufrimiento, apoyo constante y alguna que otra parada a andar que terminó por ser el colchón necesario para poder traer a casa la tan ansiada medalla. Antes que ellos, y con un tiempo de 3:26, el tercer miembro de la expedición ciudadrealeña; César Sanz, un fondista de Miguelturra que también saboreó lo bueno y lo malo de este peculiar maratón.

Pero como decía en el inicio, esta crónica tampoco va de correr. El maratón de Lisboa, y aquí hablo en primera persona, me ha dejado miles de sensaciones que quizá pocos entiendan. Llegar con miedos e inseguridades (pese a tener tres maratones en el bolsillo) a un reto de este tipo termina por complicar mucho las cosas y ayuda a comprender que tanto en el deporte como en la vida hay numerosos factores que contribuyen a lograr estos (pequeños) éxitos.

En Lisboa he vuelto a aprender que el maratón es lo más parecido que uno puede encontrar a la vida. Arrancas con miedos, pero cargado de ilusiones, con metas, propósitos y sueños que a cada paso se alejan y para terminar por volver a encontrarse. Aquello que parece inalcanzable en el kilómetro 27 deja de ser quimera en el 28 para tornarse de nuevo gris en el 30. Es difícil de explicar, cierto, pero tan bello como extraño.

En el maratón descubres el egoísmo, esa sensación de poner tus sensaciones por encima de las de aquel que va a tu lado sufriendo y por el que tu cansancio apenas te deja sentir empatía. Pero, del mismo modo, el maratón abre tu corazón y te vuelve protector con tu compañero, te hace ver la grandeza de aquel que camina junto a ti durante más de cuatro horas e hipoteca sus tiempos para conseguir que tú entres a meta pegado a su brazo. Como en la vida, en el maratón te alejas de aquellos a los que no te unen vínculos, pero te acercas a amigos que se tornan en hermanos para siempre.

Y, como en la vida, en el maratón hay sinsabores, como el de esa novia que aguarda junto a la ambulancia mientras un joven atleta es atendido tras sufrir un desmayo; unos sinsabores que se pierden entre las alegrías, las lágrimas y los abrazos de escenas de éxito que conviven en apenas tres metros de distancia. Duro, pero tan real como nuestra existencia. Por eso, en el maratón de Lisboa lo que queda, junto a los amigos, es la familia, esa sonrisa sincera que levanta un cartel con tu nombre y corre a tu lado más feliz que tú mismo por verte llegar. Esa persona con la que compartes la vida y que te abraza cuando tú apenas puedes tenerte en pie. Eso es amor, eso es el maratón.

En mi caso, Lisboa ha dejado sensaciones deportivas muy mejorables; pero gracias a estos más de 42 kilómetros vuelvo con el corazón y la cabeza más fuertes. El maratón de Lisboa, al menos para mí, está lejos de ser una gran prueba; pero, como todos los maratones, regala historias de superación, derrota y amistad. Y es que, como decía unas líneas  más arriba, esto no va solamente de correr. De ser así, sería demasiado sencillo

Por Miguel Chaves – Revista Runin926 y finisher del Maratón de Lisboa 2017.