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Trail para todos – La soledad del corredor de fondo fondón

 

Logo CorriendoporelCampo VerdeQuique García Herrera

C.D. Corriendo por el Campo (CxC)

 

Mi abuela decía que su nieto estaba muy lustroso. Mi madre sigue presumiendo de mí enseñando el hijo tan hermoso que tiene. Mi mujer dice que a ella le gustan los hombres grandes, como yo. Y mi hija, como suele ocurrirles a las niñas de siete años, piensa que su papi es el mejor, el más guapo y el más fuerte del mundo.

Y, sin embargo, mi enfermera dice que tengo sobrepeso.

Y yo, con mis 180 centímetros de altura y entre 90 y 100 kilos de peso (dependiendo de si estoy en mi mejor momento de forma o después de las alegrías de la Navidad), además de todo eso, soy ULTRARUNNER o, si lo preferís, corredor de distancias largas.

Se entiende por distancias largas o ultradistancia todo aquello que supera en longitud al maratón, a esos 42 kilómetros y pico míticos, casi épicos.

¿Es esto posible? ¿Puede un ultrafondista ser “fondón”, incluso “ultrafondón”? ¿Cuál es el peso ideal de una persona que quiere correr? ¿Tenemos que ser solo piel, músculo y hueso para dedicarnos a eso de dar un paso y luego otro?

Pues no. Me niego.

Todo depende de tu objetivo, de cómo lo encares, de tus prioridades en el deporte que practicas.

Desde pequeño siempre jugué a balonmano. Después de la juventud, quería seguir haciendo deporte y poder compatibilizarlo con el resto de obligaciones. Correr era lo más fácil. Ponerse unas zapatillas y trotar desde la puerta de casa hasta dónde quisiera –y pudiera- y volver. Y así empezó todo…

Un ratito. Los primeros kilómetros. Media horita. Luego más. Los 10 kilómetros de la primera carrera popular de Ciudad Real. Comienzas a perder peso. A encontrarte mejor. A sentirte más ágil. Todo fluye.

Y descubres el campo y ves que eso es lo que realmente te gusta. Y empiezas a subir y a bajar cerros cercanos y te apuntas a una carrera cortita de montaña y después a una más larga. Y luego otra. Después de un tiempo te enfrentas a la distancia maratón en montaña. Más carreras. Te animan a “dar el salto” a distancias con las que hace unos años ni soñabas poder enfrentarte a ellas. Haces carreras de 60 kilómetros. Luego de 100 kilómetros. Después te enfrentas a las 100 millas (los 167 kilómetros más o menos) y corres el UTMB (Ultra Trail du Mont Blanc). Y casi sin darte cuenta estás pensando en hacer una carrera por el campo de 281 kilómetros en Portugal este verano.

¿Pero esto es posible para una ultrafondista fondón?

Claro que lo es. Si yo he sido capaz, no debe ser tan difícil. En este deporte de correr largo por el entorno natural, lo que también llamamos trail (y cuando es largo, ultratrail) intervienen muchos factores. Uno de ellos es el psicológico. Siempre hay momentos en los que la cabeza “tira” del cuerpo para superar el reto. Por muy entrenado, delgado, atlético y supercachas que estés, si tu cabeza dice NO, no hay nada que hacer. En la ultradistancia no todo es correr rápido. Hay que correr durante mucho tiempo. Y andar. Mantenerse en movimiento. Y saber parar, descansar, comer y beber durante la carrera, dosificar el esfuerzo… Y eso no viene de serie con la complexión atlética.

Esto no significa que haya que tirarse al monte a correr barbaridades sin haber entrenado, sin una mínima experiencia previa y progresiva. Pero no es necesario ser un súper-atleta para hacer ultratrail. Hay que querer hacer ultratrail. Y entrenar, sin duda.

Otra cosa es querer ganar la carrera. Para eso necesitas todo lo que hemos dicho y, además, un físico de campeón. Si no, tampoco eres nadie.

Entiendo a los que no tienen un buen físico y entrenan para ganar la carrera (aunque todos sepamos que nunca la ganarán). Incluso a quienes organizan su vida alrededor de su deporte favorito (sus dietas, sus descansos, sus rutinas). Pero no entiendo a quienes, sabiendo que nunca ganarán una carrera, salvo que todos los demás se retiren, antepongan el aumento de su rendimiento deportivo a todo lo demás.

Yo quiero terminar la carrera de 281 kilómetros este  verano. Tengo que acostumbrarme al calor. Durante un tiempo debo prescindir de beber cerveza como si no costara. Tengo que entrenar la fuerza y la resistencia. Pero tengo más vida. Una familia. Un trabajo. Tengo otras cosas. Y no voy a ganar la carrera. Voy a disfrutarla. A enfrentarme a ella para ver quién puede más. Sabiendo que yo soy el más débil y ella la más fuerte. Quiero medirme a mí mismo. Quiero terminarla en las mejores condiciones posibles.

Hay que entrenar la cabeza. Enseñarle al cuerpo que debe seguir rindiendo de noche, cuando estás cansado, cuando parece que ya no puedes más. Y eso no es cosa de delgados. Eso es cosa de entrenamiento, fuerza de voluntad y cabeza.

No me importará tampoco llegar el último. Le habré ganado el pulso a la carrera. Me molestará no terminarla, pero ganaré a todos aquellos que no se pusieron siquiera en la línea de salida. Y habré vivido una experiencia extraordinaria. Es cierto que se sufre, pero ¿Hay algo en la vida que solo tenga un lado bueno? Lo importante es que lo positivo pese más que lo negativo. Que los momentos buenos superen a los malos. Que los recuerdos que perduren sean los que te hacen esbozar una sonrisa. Una carrera de ultradistancia no solo dura 20, 30 o 40 horas. Dura desde que piensas en enfrentarte a ella hasta que desaparezcan los recuerdos que ésta te deja grabados a fuego. Y siempre los hay muy buenos. Por eso me gusta tanto la ultradistancia. Disfruto entrenando, aprendiendo de mis errores, compartiendo monte, horas y chascarrillos con mis amigos. Disfruto las cervezas que nos rehidratan. El análisis de lo que hay que mejorar. La preparación de las rutas que servirán de entrenamiento…

Como imaginareis, lo de ganar ya debe ser el summum. Por eso, cuando sabes –y asumes- que no eres un campeón de los de llegar el primero, disfruta siendo un campeón en todo lo demás, aunque solo seas un campeón contigo mismo.

La ultradistancia es vida.